La mano de Martí

Luego de haberle pasado muchas veces por delante, subimos a conocer al Martí gigante.

Luego de haberle pasado muchas veces por delante, subimos a conocer al Martí gigante.

Tengo una hija de tres años, casi cuatro (aunque creo que eso por aquí ya se sabe de sobra). Hace unos días me topé por estas redes un artículo sobre los niños de su edad y lo insoportable que se vuelven en ese año tercero. Puedo dar fe de cada uno de los argumentos esgrimidos allí y puedo, además, aportar unos cuantos. Con todo y eso, me quedaría corta, como me quedo corta, por ejemplo, cada vez que Carmen salta en la cama y le digo que no lo haga, pero ella me mira como si nada y sigue intentando llegar a la Luna.
Mucho antes de que naciera, me agobiaban los comentarios entre mis amigas: que no podría dormir más; que se acabaron las fiestas hasta la madrugada y todas las veces que hice pan con tortilla y jugo para comer; que profesionalmente me ataría; que engordaría como ballena y un sinfín de cosas más. Unas se han cumplido al pie de la letra, otras han tenidos sus matices y algunas no pasaron de ser teorías sin confirmar. Lo que sí no esperaba era divertirme tanto como lo hago. Mi hija está en sus insoportables tres años, pero sus ocurrencias son hilarantes.
Ayer fuimos a conocer al Martí de la Plaza de la Revolución. Sí, ese que cada Primero de Mayo tiene el lugar privilegiado para ver la marcha de los trabajadores, el de los turistas y las fotos, el que está de frente al Che y a un costado de Camilo.
Ella, cuando lo vio, se tapó los ojos del susto, era “un Martí gigante”, el “papá del que está pequeñito a la entrada de mi círculo infantil”. Aquí debo apuntar que Carmencita tiene una relación sui géneris con Martí, todas la mañana le lleva una flor, casi siempre un romerillo, un marpacífico o las florecitas de la escoba amarga, le da un beso al busto plástico y le pregunta como durmió.
En la Plaza, luego de conversar sobre los cuentos que el Apóstol escribió para los niños, de rectificarle que no es Muñeca Traviesa ni Nené Negra, sino Muñeca Negra y Nené Traviesa, de recapitular que luchó para que los niños fueran felices…se acerca a mi oído, como para que el grande de mármol no la oyera, y me dice: “Pero mamá, Martí tiene una mano en el cuqui”.
Entonce las lecciones cívicas se fueron a la mierda y nos morimos de risa allí, a los pies de Martí, de su Martí.

El destino de la “caca”

Mamá, no mates mi caca, está linda.

Mamá, no mates mi caca, está linda.


Luego de un siglo he vuelto al blog para hablar de “cacas”. He llegado a la fase de madre embelesada. Lo sé, lo admito. Pero esta historia es sublime, aunque haya sucedido frente a un inodoro.
“Mamá, caca”, me dice Carmen. Y le ayudo a quitarse el short, a subirse al inodoro. Me siento a su lado para hacerle, como casi siempre, el cuento de la sirena que perdió su corona de superpoderes.
Le apuro porque “al círculo tenemos que llegar temprano”. Entonces agita el deseo. Termina. Sigo el protocolo de siempre y me dispongo a descargar.”¡No, mamá, no la mates!”, grita ella como si en aquello le fuera la vida. “¿Cómo es eso?”, le pregunto con la carcajada golpeando mis dientes. “Mamá, esta linda, no la mates”, repite en la defensa de su caca. Y como me han reiterado una y mil veces que no debo matarle la inocencia, que no puedo bajo ningún concepto bloquearle la imaginación, me sumé a su historia defecal: “Tata, le voy a echar un poco de agua para que vaya nadando hasta donde está su mamá. ¿Te parece bien?”
“Esta bien, échale rápido, para que vaya al círculo también”.
¿Verdad que es divertido ser madre?

Ahorrando desde ahora

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Pensé que eran tonterías de personas mayores. Supuse que la frase del título era otra de esas a las que nos colgamos cuando no tenemos nada más que decir, como esas de ¡Qué calor! o la “Gente es tremenda”. “Exageraciones”, les rebatí. “Para eso falta un mundo”, les argumenté. Pero esta mañana, como pellizco de la vida, del destino o qué se yo, la ascensorista me mostró orgullosa el álbum de los quince de la hija.

¡Adivinen! La ascensorista pagó 150 cuc por las fotos que yo, sudorosa, hojeaba. “¿Cuánto te costaron?”, le volví a preguntar, porque me parecía imposible que aquellos cartoncitos, lindísimos sí, pudieran costar más que un ojo de mi cara. Ella, orgullosa, repetía como a una niña tonta: cien-to-cin-cuen-ta-c-u-c. Y para que a mí no me diera el infarto me aliviaba con otros datos: “te ponen los trajes, el maquillaje, el peinado y te dan dos meriendas”. “Hasta dos meriendas, que bien”, le dije y salí de aquel elevador pensando en que un futuro mejor tiene que ser necesariamente POSIBLE.

Pero para pellizcos de la vida seguía estando mi piel. En los bajos de mi casa, Iris colgaba en la pared una inmensa foto de su hija vestida de princesa. Cuando digo inmensa, es inmensa hasta el límite de lo grotesco. Y allá voy de nuevo a tropezarme con la verdad. Me cuenta la mamá de Cecilia que en los trajines de los quince pagó ¡300 cuc!, por cierto ella trabaja como despedidora en una agencia de taxis. “¿Cómo que 300?”, supondrán ustedes que el infarto estaba de nuevo en proceso.

“¿Eso incluye fiesta también, no?”, le lancé desesperada. “No, mijita, eso es en fotos, álbumes, ampliaciones, un llaverito con sus fotos en forma de libro, videos, un recorrido en un almendrón descapotable por la Habana Vieja, volao eso…” Y yo rememorando mis enclenques quinces años.

Sí, recuerdo que no tenía zapatos blancos para el traje que me había donado alguien de “afuera”. A última hora una amiga se compadeció y pasé la sesión de fotos con los dedos engurruñados. Yo, en mis quince, como la hermanastra de Cenicienta porque aquellos zapatos prestados no me servían. Luego la “chealdá” de las poses en aquella casa linda que también nos prestó una amiga de mi mamá. Hay una fotografía que hasta ahora no entiendo bien, yo enciendo un interruptor con una cara de Madonna que da qué pensar. En otra abro la puerta de un carro con mucho glamur: un Moscovich, nada más y nada menos. Y aquella en bikinis recostada a una palmera sin playa a cientos de kilómetros a la redonda.

Lo confieso, mis fotos viven en una gaveta y quien la abra está condenado a vivir sin una mano de por vida. Lo mejor de ellas, sin discusión, es el esfuerzo de mi madre porque su hija tuviera esos recuerdos cuando los tiempos no estaban precisamente para darse el lujo de acariciar recuerdos, cuando era imposible pagar los números astronómicos que hoy se manejan con tanta facilidad, cuando era normal y hasta bonita la “prestadera” de ropas para el momento de la foto.

Entonces era como si los quince fueran de todos. Parece que ha pasado un siglo. Sé que las cosas han cambiado, que la frivolidad ganó el espacio que le hemos permitido y que mi hija crecerá rodeada de demasiada gente plástica, maquillada. Sé que querrá unas fotos de quince al estilo de su tiempo. Solo espero para entonces haberle enseñado a descubrir lo esencial, a ser justa con sus padres que quizás (lo más seguro) tendrán que desangrarse por sus fotos.

Y con todo eso espero, también, que hayan pasado los tiempos en que una ascensorista o una “despedidora” de taxis lancen a la cara de una periodista los esfuerzos en CUC que están dispuestas a pagar por la felicidad, o el capricho, de sus hijos. Por lo pronto, estoy ahorrando desde ahora, no vaya a ser que a mi Carmen le de por pedirme unos quince supersónicos.

Lo que quiero leer

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Sí, ya lo carraspeó Sabina, el diario no hablaba de ti ni de mí, ni de un montón de otras cosas más. Del arcoíris no prefiere ningún color, parece gustarle el gris; un gris apuntalado a veces por el rojo, otras por el azul o el naranja opaco, en dependencia de a quién responda o de los favores de un poligráfico cansado de escupir periódicos.

Por inercia lo leo. Me pasa lo mismo que con el Noticiero, aún sabiendo lo que me van a contar, corro a escuchar los titulares, luego los actos convertidos en noticias, las tragedias ajenas, los planes productivos, las efemérides o alguna sección que ahora juega a coquetear con la crítica…hasta que un locutor, casi siempre serio, resume “lo que fue noticia en esta emisión” y vuelvo a fregar los platos que quedaron a medias. Sigue leyendo

Septiembre ¡de madre!

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Hace seis años no entro a un aula en septiembre, desde hace seis años el noveno mes pasa sin penas ni glorias, sin ese salto en el estómago que me acompañaba cada mañana del primer día del curso escolar. Desde hace seis años agosto se empata con septiembre como si nada, como si se tratara solo de pasar la página del calendario, ajeno al  ajetreo eterno de uniformes, zapatos lustrosos y mochilas por llenar.

Parece cosa de locos pero en Cuba casi todo el que llega un aula de primer grado, sigue llegando poco más de diecisiete años seguidos, uno detrás del otro, sin siquiera respirar. De repente tienes el título universitario en la mano, y entonces parece ayer cuando la primera maestra, la única, la más querida, te enseñaba a hacer la bolita de la o y uno creía que era lo más difícil de la vida. Sigue leyendo

Cacha

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Todas las tardes me espera recostada a la puerta. Tiene más de siete décadas. Sus pies parecen pesar como siglos. Vive sola, allá en el fondo del pasillo que pasa por el lado de mi casa. Llegó a Cuba hace muchos años, desde algún puerto español, cuando su pelo era largo, negro, copioso… y las calles del Cerro aún eran generosas con ella.

Cacha me espera siempre, le traigo los periódicos, conversamos un rato y repite, como cada día, que tiene todos mis trabajos recortados dentro de una vieja carpeta. Dice que será el regalo que me dejará cuando no pueda esperarme más a la salida del pasillo.

Y se pone llorosa porque los años aflojan el espíritu. Mi hija le da un beso en cada mejilla y le enseña cómo ya sabe contar hasta el 20. Ella regresa entonces a su hogar, donde a ratos una sobrina viene a visitarla. Lleva consigo los diarios, son su obsesión, quizás la ventana que la conecta con un mundo demasiado lejano, a veces también demasiado hostil con quienes llegan a tan altos años. Sigue leyendo

No me gustan

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No me gusta la gente de ceño fruncido, los que machacan mi día porque, como dicen en mi tierra, durmió con las nalgas destapadas o tuvo una infancia difícil. Si todo el que encuentra una piedra en el arroz o se le despega la punta del zapato comenzara a vengar su mala fortuna poniendo mala cara, no sé a donde iríamos a parar. Por eso admiro al que aún sonríe luego del aguacero que entripó su carpeta de documentos.

No me gusta la gente que habla alto, como para oírse, esos que saben de todo, hasta de ti. No me gustan los que piden ayuda y en medio de la explicación te dicen “Sí, ya sé”, como en aquel cuento del libro de lectura de primaria que mi mamá me hizo leer hasta el cansancio.

No me gusta la gente que habla bajo, los extremadamente discretos, los grises en sus opiniones, los repetidores, los que siempre asienten.

No me gustan los halagadores, los incrédulos crónicos, los desesperanzados, los de sangría fría, los siempre ecuánimes y bien peinados, los de ropa planchada y triste por no haberse quitado nunca con ganas, los pulcros, los planificados siempre, los sin ojeras, ni cicatrices…

Sí, ya sé que no me gusta mucha gente, ¿pero qué le voy a hacer?. Vivir es también ponerle condiciones a los que se acercan.